La muerte de Aquiles

Llueve. Las nubes, copiosas en gran agonía,
lloran juntas sobre la Hélade, desconsoladas.
Han escuchado por los caminos empedrados
al heraldo veloz con las noticias nefastas
nacidas en Troya, antigua guerrera enemiga,
ciudad al otro lado de las egeas aguas.
Las rocas tiemblan al paso del negro caballo,
evocando el peso de las aciagas palabras.

En cada villa y ciudad se gime con ceniza
al oír las nuevas, las cataclísmicas damas
surgidas del canto doliente del mensajero.
Lloran reyes, reinas y musas enamoradas
en unísono llanto. Sus voces en un coro
conmocionan al gélido Olimpo, fuente y causa
del angustioso y vivo mensaje relatado
con estas desgarradoras, muy duras palabras:

“¡Ha caído en batalla el glorioso hijo de Olimpas!
Sueño de las mujeres, el terror en batalla,
fue tragado por poder del amargo destino
que no quiso otorgarle una vida honrosa y larga
por ir a Troya para conquistar grande gloria.
Los reyes solos lamentan con duelo en el alma,
los niños no conocen los mortales silencios
surgidos en campos de muchas lenguas extrañas.

¡Aquiles! ¡Aquiles! Si tan siquiera Odiseo
fuera tan puro como el fresco pozo de tu alma,
callaría sus letras en el duelo cenizo
que las doncellas esconden en cada palabra,
diseñando una urbe, emblema griego renacido
en el canto llorado por madres que se callan
deshojando muy quietas sus ocultos amores…
los amores santos que tus brazos esperaban.

¡Aquiles! ¡Aquiles! ¿Quién al fin ha de labrarte
un heroico emblema, un honor que recuerde tu alma?
Hélade llora, gimiendo y olvidando el estilo
de la ninfa que quieta se refresca en las aguas.
¡Que no se silencie de los intrépidos sueños
tu renombre de hierro, la intimidante lanza
que destrozó con furiosa pasión y con fuego
todas las murallas de la arrogancia troyana!

¡Aquiles! ¡Aquiles! ¿Cuál beso habrá de esperarte
cantando gozoso por tus gloriosas batallas?
Te arrebató el destino de estos vivos senderos,
herencia inefable de héroes de muy noble alma.
Ni el gélido Olimpo, hoy callado y mudo testigo
parece querer recordar tus grandes hazañas.
¡Aquiles! ¡Aquiles! ¿Cuál beso habrá de esperarte
cantando gozoso por tus gloriosas batallas?

Contó la visión que serás emblema de reyes,
inspiración de poetas, musas y palabras
que harán sempiterno tu nombre, ardiente tu sombra
y en la pluma de Calendre volará tu fama…
Pero siempre viva quedará en todos los bosques
una pregunta que jamás podrá ser borrada:
¡Aquiles! ¡Aquiles! ¿Cuál beso habrá de esperarte
cantando gozoso por tus gloriosas batallas?”

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