Y llegaste en una barca

Eras una sombra en mi recuerdo,
aún sin ser una profecía
ni un oráculo en mi piel escrito.
Siempre te llamaban mis caricias,

al palpitar de la voz aquella,
errante barca en la poesía
cuyo lenguaje parecía ido
en este camino de la vida.

Y llegaste en una barca, fresco
aposento en libro devenido
al reescribir el canto antiguo
con la rosa nueva del destino.

Vivamos, pues, el eterno canto,
ese que un lluvioso día vino
para hundirnos en su eterna historia
y arrullarnos con su suave ritmo,

llenando nuestra ánfora de rimas
en las hojas diarias que escribimos.

Imagen tomada de:

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